viernes, 14 de septiembre de 2018

Santoral cisterciense: 17 de septiembre.


17 de septiembre. 
SAN MARTÍN DE HINOJOSA, 
obispo cisterciense. Memoria libre.



Martirologio Romano: En el monasterio de Santa María de Huerta, en la región hispánica de Castilla, tránsito de san Martín, llamado el Sacerdote, que, siendo abad cisterciense, fue ordenado obispo de Sigüenza y se esforzó por reformar el clero, retirándose, finalmente, a su propio monasterio.
(Deza, c. 1140 - Sotoca de Tajo, 16 de septiembre de 1213)

Miembro de la noble familia castellana de los Hinojosa, había nacido en tierras de Soria. Su familia lo dedicó a Dios, en la Orden del Cister, en 1158, en el monasterio, fundado por sus padres, de Santa María de Cántabos; en este lugar realizó su noviciado y primeros años de profeso. En 1164, fue nombrado primer abad de la abadía de Santa María de Huerta (Soria), donde se había trasladado la comunidad de Cántabos. Siguió con atención las campañas de Alfonso VIII en la reconquista de España frente a los moros (el rey entregó muchas donaciones al monasterio), especialmente en la conquista de Cuenca en 1177. Desde 1166 a 1186, el monasterio alcanzó el cenit de su grandeza, bajo su dirección. Tuvo que enfrentarse al Concejo de Soria, que se quiso apropiar indebidamente del monasterio de Cántabos.
En el 1185, fue elegido obispo de Sigüenza. Durante siete años caminó de pueblo en pueblo, consolando a los pobres, repartiendo el pan y la gracia con todos los fieles. Defendió los intereses de la Iglesia, se sentó en los concilios y pasó por la diócesis haciendo el bien. Más de una vez se vio en la precisión de mostrar su fortaleza y valentía ante los desmanes de los seglares, la indisciplina de los clérigos y la rapiña de algunos desalmados.
En 1192, renunció al cargo para volver a ser un simple monje y se retiró al monasterio de Huerta. Junto con el rey Alfonso VIII, fue el fundador del monasterio cisterciense femenino del Real Monasterio de Las Huelgas de Burgos. Alguien escribió estas letras: "El obispo Martín, escudo de la fe y margarita de todas las virtudes, descansa aquí, libre de toda mancha de vicio. Desde niño entró en el claustro, sediento de silencio, y Dios le adornó con la claridad de su gloria". En su larga vida se distinguió por una entrega generosa a Dios, buscando en la vida cisterciense contemplativa y en la vivencia de su fe. Destacó por su capacidad de amistad con toda clase de personas de distinto rango social, la gente del pueblo sintió una gran veneración por él. En su vida se dedicó especialmente a los pobres y a ser instrumento de paz y concordia con los que convivió. Murió en Sotoca cuando regresaba de una visita al monasterio alcarreño y cisterciense de Ovila.
Debido a una leyenda de una cabeza que presentaron unos ángeles al cabildo de Sigüenza, se le relacionó con un tal san Sacerdote, con cuyo nombre se le viene tributando culto el 5 de mayo.



martes, 11 de septiembre de 2018

Santoral cisterciense: 12 de septiembre.


12 de septiembre. 
SAN PEDRO DE TARENTASIA, obispo cisterciense. Memoria libre.


San Pedro de Tarentaise, una de las glorias de la orden cisterciense, nació cerca de Vienne, en la provincia francesa del Delfinado. Desde joven, dio pruebas de una memoria extraordinaria y de gran inclinación a los estudios religiosos y, a los veinte años, entró en la abadía de Bonnevaux. Con gran celo, abrazó la austeridad de la regla y edificó a cuantos le trataron, por su caridad, humildad y modestia. Al cabo de algún tiempo, su padre y sus dos hermanos ingresaron también en Bonnevaux, en tanto que su madre y su única hermana tomaron el hábito en un convento cisterciense de los alrededores. Además de esos miembros de la humilde familia de san Pedro, muchos nobles abrazaron también la vida religiosa en Bonnevaux, movidos por el ejemplo del santo. Todavía no cumplía éste los treinta años, cuando fue elegido superior del nuevo convento de Tamié, en las solitarias montañas de Tarentaise. Dicho convento quedaba sobre la principal ruta que unía entonces la Saboya con Ginebra, de suerte que los monjes podían prestar inapreciables servicios a los viajeros. Con la ayuda de Amadeo III, conde de Saboya, que le tenía en gran estima, el santo fundó un hospital para los enfermos y forasteros, en el que asistía personalmente a sus huéspedes.
En 1142, san Pedro fue elegido arzobispo de Tarentaise. San Bernardo, con el capítulo general de su orden, le obligó a aceptar el cargo, muy contra su voluntad. El nuevo arzobispo encontró su arquidiócesis en un estado lamentable, debido principalmente a los excesos de su predecesor, que había sido depuesto. Las parroquias se hallaban en manos de los laicos, no se atendía a los pobres, y el clero, en vez de oponer un dique a la injusticia, la promovía más con su mal ejemplo. San Pedro sustituyó a los sacerdotes de la catedral, que eran indisciplinados y negligentes, por los canónigos regulares de San Agustín y el Capítulo empezó muy pronto a dar ejemplo de regularidad. San Pedro visitaba constantemente su diócesis, recuperó las propiedades confiscadas, destinó a los mejores sacerdotes a las parroquias, fundó instituciones para la educación de la juventud y el socorro de los pobres y promovió la celebración de los divinos oficios en todas las iglesias. El autor de su biografía, que le acompañó en todos sus viajes de aquella época, da testimonio de las numerosas curaciones que obró el santo y de las multiplicaciones de pan que realizó en los períodos de carestía.
Molesto al verse honrado por sus milagros y deseoso de volver a la soledad del monasterio, san Pedro empezó a pensar en el claustro; en 1155, después de trece años de gobierno de su diócesis, desapareció sin dejar huellas. En realidad, se había retirado a una lejana abadía cisterciense de Suiza, donde los monjes no le conocían y le aceptaron como hermano lego. El pueblo de Tarentaise se afligió mucho al saber la noticia de la desaparición de su arzobispo y le buscó en los monasterios de las provincias vecinas, pero no logró descubrirle sino hasta un año más tarde. Cuando los superiores de san Pedro supieron quién era, le obligaron a volver a su sede, donde el pueblo le recibió jubilosamente. El santo desempeñó su oficio con mayor celo que nunca. Su primera preocupación eran los pobres; en dos ocasiones regaló su hábito, en lo más crudo del invierno, con riesgo de su vida. Reconstruyó el albergue del «Pequeño San Bernardo» y construyó otros albergues en los Alpes. También instituyó la costumbre, que se conservó hasta poco después de la Revolución Francesa, de distribuir gratuitamente pan y sopa en los meses anteriores a la cosecha, cuando la comida escaseaba en su abrupta diócesis. El pueblo bautizó esta costumbre con el nombre de «el pan de mayo».
San Pedro conservó siempre el hábito cisterciense y vivió con la austeridad de un monje; pero suplía el trabajo manual con el desempeño de las funciones espirituales de su oficio. Él, que era un hombre de paz, poseía un don singular para reconciliar a los más implacables enemigos, de suerte que en más de una ocasión logró evitar el derramamiento de sangre. Pero, sobre todo, consagró sus esfuerzos políticos a apoyar al legítimo papa, Alejandro III, contra el antipapa Víctor, al que sostenía, a su vez, Federico Barbarroja. En una época, el arzobispo de Tarentaise fue prácticamente el único súbdito del emperador que se atrevió a oponerse abiertamente al antipapa, pero pronto se le unió toda la Orden del Císter. En defensa de los derechos del papa legítimo, Pedro predicó en las provincias francesas de Alsacia, Lorena, Borgoña y en muchas regiones de Italia. A la elocuencia de su palabra, se añadía el prestigio de sus milagros. El santo habló también, valientemente, en varios sínodos y en la misma presencia del emperador. Este último admiraba tanto su santidad y su valor, que le permitió expresarse con una libertad que no habría soportado en ningún otro.
Dios no quiso que el santo muriese en su diócesis. Su fama de hábil pacificador movió a Alejandro III a enviarle para tratar de negociar la reconciliación entre Luis VII de Francia y Enrique II de Inglaterra. Aunque era ya bastante anciano, el santo partió al punto y predicó durante todo el viaje. Cerca de Chaumont de Vexin, donde se hallaba instalada la corte, se entrevistó con Luis VII y con el rebelde heredero al trono de Inglaterra, el príncipe Enrique. Este último descendió del caballo para recibir la bendición de San Pedro y pidió respetuosamente permiso de besar la vieja capa del arzobispo. El rey de Inglaterra, que le recibió en Chaumont y en Gisors, le prodigó toda clase de honores. Sin embargo, la paz no se hizo sino hasta después de la muerte del santo. Cuando volvía a su diócesis, san Pedro cayó enfermo cerca de Besançon, y murió cuando le transportaban a la abadía de Bellevaux. Su canonización tuvo lugar en 1191.
La más importante y fidedigna de las fuentes sobre san Pedro es la biografía que el abad cisterciense de Hautecombe, Godofredo de Auxerre, escribió por orden del papa Lucio III. Puede verse dicha obra en Acta Sanctorum. Godofredo terminó esa biografía en 1185, es decir, menos de diez años después de la muerte del santo. Además, se menciona frecuentemente a san Pedro en la correspondencia, en las crónicas y en la literatura hagiográfica de la época. Aun Walter Map, que se expresaba de la Orden Cisterciense con la mayor acritud, habla en términos elogiosos de san Pedro de Tarentaise.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

domingo, 9 de septiembre de 2018

Santoral cisterciense: 10 de septiembre.


10 de septiembre. 
BEATO OGLER, abad cisterciense. 
Memoria libre.

Martirologio Romano: En el monasterio de Locedio, en Vercelli, del Piamonte, beato Oglerio, abad de la Orden Cisterciense. (c.1136-1214).

Nació en Trino, Italia, probablemente en el seno de una familia potentada. En el 1148, asistió a la entrada de san Bernardo de Claraval en su pueblo, que acompañaba a 14 cardenales, al papa san Eugenio III (también él cisterciense) en su viaje de Asti a Vercelli, para la consagración de la basílica de Santa María la Mayor, por ello desde muy jovencito ingresó en la abadía cisterciense de Lucedio en el Piamonte. Alternó el estudio con el trabajo y tomó los votos en 1153 y en el 1161, fue ordenado sacerdote. Mortificaba su cuerpo con ayunos y penitencias, pero era manso con los demás, revelando, así, el carácter que le distinguirá toda su vida.

Acompañó a su abad Pedro, a restablecer la paz entre las ciudades del norte de Italia, por orden del papa Celestino III:  solucionaron las discusiones entre el obispo de Tortona y los Templarios. Del sucesor de Celestino III tuvieron el encargo de pacificar Parma y Piacenza (1200), reformar el importante monasterio de Bobbio y, con el obispo de Vercelli, la congregación de los Humillados de aquella ciudad. Solucionar las discordias entre los monjes y canónigos de San Ambrosio de Milán (1202) y entre el obispo de Génova y el Capítulo de su catedral (1203). Llevaron además la misión de una embajada a Armenia. Predicaron también la IV cruzada en Trino. Abad de Lucedio (1205-1214), sucediendo al abad Pedro. Ya en vida tuvo fama de taumaturgo.

En el 1210, Trino conquistó cierta autonomía y el emperador Otón IV concedió posesiones y privilegios al monasterio de Lucedio. Grande fue la caridad de los monjes que atendían los graneros de la abadía para socorrer a los necesitados. También Oglerio tuvo muchos encargos: por cuenta del marqués Guillermo “el Bueno” fue ante el emperador Corrado y el rey de Francia, Luis VII. En 1212, el papa Inocencio III lo nombró árbitro entre los canónigos de Casale y aquellos de Paciliano, al año siguiente tuvo la misión de restablecer los derechos de los cistercienses sobre el cenobio de Chortaiton, en Tesalónica, devastado por los sarracenos. El obispo de Novara le hizo reformar un monasterio femenino y solventar algunas controversias entre Lucedio y la ciudad de Vercelli.

Oglerio fue, ante todo, un excelente padre espiritual, en los años en los que bullía la herejía albigense. Quedan algunos escritos suyos, comentarios al “Evangelio de San Juan” y en defensa de la Inmaculada Concepción, el “Tratado sobre las excelencias de la Virgen Madre”, cuyo fin era impulsar la pureza en los monjes, su responsabilidad y su observancia escrupulosa de la regla. "No es el hábito blanco, la tonsura alta y el rosario grande lo que hacen a un buen monje. Es la conciencia transparente, el espíritu puro, el rechazo al egoísmo y el corazón ardiente por Cristo".

Según la leyenda, un día pasó por una ciudad de la Liguria, y alejó algunos espíritus malignos y por ello se le recordó como “terror de los espíritus inmundos”. Fue sepultado en el altar mayor del monasterio y después en la iglesia de Trino.